viernes, 4 de mayo de 2018

La solución contra el bullying no es proteger a los acosadores

Otra noticia de una niña que, siendo víctima de acoso, tiene que abandonar el centro donde cursa sus estudios. No es algo nuevo, ni raro, es lo habitual. Cada vez que sucede una situación como esta, el resultado es el mismo: comprensión e intervención para con los acosadores, hacer como que no ha pasado nada y mirar para otro lado para con la víctima. Lo leo cada dos por tres y lo he vivido en primera persona. Un chaval dice que sufre acoso, el centro lo detecta, se habla con las familias, se llega a acuerdos, se sigue hablando, el acosador dice que se va a portar muy bien, se le dan dos palmaditas en los hombros y ahí acaba el asunto. Pero no acaba. El acosador no le deja tranquilo. Teje una red de secuaces alrededor, malmete a los demás con mentiras y comentarios que dejan en mal lugar al acosado, cuenta, inventa, lo deja en ridículo delante de compañeros y amigos, se erige en líder, suelta gracias cuando se equivoca, lo convierte en el foco de las burlas… El acosado vive un infierno cada día, su tensión aumenta, nota que es el centro de las risas que no van con él, sino que le tienen por objeto, se va quedando solo y explota. O hace una tontería, o los padres se dan cuenta de lo que le está pasando y le cambian de centro.

Los malos ganan en la sociedad en la que vivimos. En un colegio en Alicante, concertado y religioso, unos chavales acosaron a una chica. La solución fue apartarla a ella hasta esclarecer lo sucedido. La dejaron en un aula recibiendo clase sola, apartada y marcada como una apestada. Ellos campaban a sus anchas por el aula e instalaciones. La solución final: un acuerdo con la promesa por parte de ellos de no hacerlo más, somos niños buenos y nos vamos a portar bien. Ni castigos, ni reprimendas. Lo siento, nos hemos equivocado, no volverá a suceder. Ella a tragar, sin quejarse.

El mensaje es claro y los chavales lo entienden. Te puedes portar mal, puedes dañar a los demás, puedes reírte de ellos, puedes privarles de sus derechos, puedes incluso dañar a aquellos que trabajan para que puedas disfrutar tus derechos. No te va a pasar nada. Y eso no sirve de nada ni es la base para construir una sociedad justa. Igual que no sirve castigar sin educar, en ciertas ocasiones y en determinadas circunstancias, no sirve educar exhimiendo a los culpables de las consecuencias que emanan de sus malos actos. Sí, a veces hay que castigar y siempre hay que proteger a quien ha sido vejado o lastimado, porque si no estamos construyendo un mundo para que los malos campen a sus anchas y los buenos tengan que bajar la cabeza.

Luego nos quejamos de que la chavalería no hace nada, no tiene educación, que si son unos ninis… Pues los monstruos los estamos creando nosotros, los adultos, con nuestro absurdo buenismo, porque no crecen en los árboles, son el resultado del absurdo buenismo que lo inunda todo. Y, lo peor, es que es un buenismo que beneficia a quien hace cosas malas, no a quien las hace buenas.

Se buscan valientes, dice un eslogan contra el acoso escolar. Para que hagan lo que los cobardes no se atreven, para que se inmolen por nosotros y se queden solos, pues nadie va a estar a su lado cuando vayan a por ellos.

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